26 agosto, 2021

Introducción
Se puede releer la propia historia de maneras:
-Como quién hace el diagnóstico de sí mismo, con el máximo de objetividad (aunque uno nunca es buen juez de su propia causa). Pero la verdad, que no pasa por la subjetividad, puede, ser un mecanismo de defensa, de racionalización.

-Como quién hace examen de conciencia , poniendo en la balanza los logros y las culpas. Pero esta verdad tampoco libera, ya que se fundamenta en una necesidad de autojustificación.

Releer la propia historia es verdad liberadora cuando ayuda a renacer. Así lo ha vivido las sabidurías religiosas: Ulises ( En la obra “la Odisea“) que, después de una vida azarosa, vuelve a su hogar nutricio; los ritos del agua, que purifican y nos sumergen en el Origen…. Porque se relee para retomar la vida entera “desde” el Fundamento último, en el que se reconcilian nuestras contradicciones.

Pero para nosotros, hijos de Abraham y seguidores de Jesús, volver a renacer del agua y del Espíritu Santo, llamados al futuro, a la esperanza más fuerte que la muerte, a la realización de las Promesas, que desbordan “lo que el ojo vio y el oído oyó y el corazón del hombre pudo soñar”.

Así han orado siempre en Israel y la Iglesia: han celebrado la memoria del Dios de la historia Salvadora, proclamando su fidelidad en el presente y anunciado de palabra y de obra al Señor que viene y que vendrá.

1.- Vivir a fondo
Uno relee la historia según ha vivido. Cuando uno pasa de “puntillas” por la vida, con miedos, sin implicarse, adaptándose lo mejor posible a las circunstancias, evitando la inseguridad, sólo recordará amistades más o menos agradables. Pero si ha preferido verdad a situaciones de seguridad, si ha tomado la vida en sus manos y, llegado el momento, “se la ha jugado”, no habrá acertado siempre , desde luego; pero sabe, ciertamente, que vivir es algo que merece la pena. Lo nota, primordialmente, en sí mismo.

¿Porqué nuestras instituciones tienden a evitar este latente existencial de la autenticidad ? Hablan de generosidad moral; pero está enmascarada, con frecuencia, el miedo a la libertad, a ser sujetos de la propia historia . No debemos confundir la subjetividad con el capricho, la autonomía con la autoafirmación, la personalización con el narcisismo.

Sin embargo, ¿cómo se puede seguir a Jesús si la vida se constituye en un orden religioso-moral, en conducta controlada y legalmente intachable?

2.- No todo está perdido
El que ha vivido a fondo suele “hacer tonterías”, porque arriesga y nuestra capacidad de autoengaño es incalculable. Y el que “se moja” se expone no sólo a recibir golpes, sino hacer daño, con frecuencia a las personas más queridas. Se crece a través del conflicto. Se madura pagando precios. La generosidad del corazón va tan unida a nuestro egocentrismo e impotencia para amar desinteresadamente, que vivir a fondo conlleva mascar el pecado en todas sus formas.

De ahí la sensación, con los años de heridas cicatrizadas y de heridas que corren el peligro de enconarse, y de haber caminando perdiendo jirones de sí mismo y de los demás.

Pero el creyente no se fundamenta en sus obras, sino en la fe. Sabe que ha sido justificado por gracia. Ha vivido su responsabilidad y opciones, sus luchas morales y sus debilidades y egoísmos, ante el Dios que, en Jesús, se ha manifestado como misericordia entrañable, el Dios que crea vida de la muerte.

Cuando se para a releer la historia, sabe que nada está perdido. Si se mira a sí mismo o hace de su historia una cuestión primordialmente ética.
P. Fernando Sotelo Anaya.