Carta del Párroco
Hace más de 20 años leí un Manifiesto diferente. El el escritor colombiano, Álvaro Mutis, premio Cervantes y el editor Javier Ruiz Portella. No está redactado para denunciar políticas, repudiar injusticias económicas o protestar contra actividades sociales específicas. Su voz quiere alertar sobre algo más profundo y más grave: el riesgo de que quede aniquilada la vida del espíritu.
Según el Manifiesto, una «profunda pérdida de sentido conmueve a la sociedad contemporánea». Todo se ha reducido a «preservar y mejorar la vida material». Muchos viven sólo para trabajar, producir, consumir y divertirse. El fondo del problema está en que el hombre se ha proclamado no sólo «dueño de la naturaleza», sino también «dueño y señor del sentido».
Para los autores del Manifiesto, lo que peligra hoy no son los beneficios materiales alcanzados por la ciencia y la técnica, es la vida del espíritu la que se ve amenazada. La pregunta de fondo es ésta: «para qué vivimos y morimos nosotros. los hombres que creemos haber dominado el mundo…, el mundo material, se entiende?, ¿cuál es nuestro sentido, nuestro proyecto, nuestros símbolos…, estos valores sin los que ningún hombre ni ninguna colectividad existirían?, ¿cuál es nuestro destino?» Si ésta es la pregunta que da sentido a cualquier civilización, hoy tendríamos que decir que «nuestro destino es estar privados de destino, es carecer de todo destino que no sea nuestro inmediato sobrevivir». Lo más angustioso es que, salvo algunas voces aisladas, la muerte del espíritu «parece dejar a nuestros contemporáneos sumidos en la más completa de las indiferencias».
Mientras leía el Manifiesto, resonaban en mí las palabras de Jesús: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si malogra su vida? o ¿qué podrá dar para recobrarla?»
Este texto, traducido de manera incorrecta, ha sido leído en estos términos: ¿de qué le sirve al hombre ganar este mundo si al final pierde su alma y se queda sin la vida eterna? Las palabras de Jesús tienen otro sentido: ¿De qué le sirve al ser humano ganarlo todo si se pierde él? Hay algo de valor infinito en la persona, que, si se pierde, no puede ser recuperado con nada.
El Manifiesto habla también de un sentido y un misterio que transciende al ser humano y que hoy se está olvidando. Sin tomar una posición religiosa, los firmantes se preguntan, sin embargo, si no hemos de plantearnos, sobre bases radicalmente nuevas, «la cuestión que la modernidad había creído olvidar para siempre. la cuestión de Dios».
Fraternalmente
Pbro. Luis Fernando Sotelo Anaya
Párroco