Carta del Párroco
La oración de petición ha sido objeto de una intensa crítica a lo largo de estos años. El hombre ilustrado cié la época moderna se avergüenza de adoptar una actitud de súplica ante Dios, pues sabe que Dios no va a alterar el curso natural de los acontecimientos para atender sus deseos.
La naturaleza es «una máquina» que funciona según unas leyes naturales, y el hombre es el único ser que puede actuar y transformar, y sólo en parte, el mundo y la historia, con su intervención.
Entonces, la oración de petición queda arrinconada para acentuar la importancia de otras formas de oración como la alabanza, la acción de gracias o la adoración, que se pueden armonizar mejor con el pensamiento moderno.
Otras veces, ese diálogo suplicante de la criatura con su Creador queda sustituido por la meditación o la inmersión del alma en Dios, misterio último de la existencia y fuente de toda vida.
Sin embargo, la oración de súplica, tan controvertida por sus posibles malentendidos, es de capital importancia para expresar y vivir desde la fe nuestra dependencia creatural ante Dios.
No es extraño que el mismo Jesús alabe la fe grande de una mujer sencilla que sabe suplicar de manera insistente su ayuda. A Dios se le puede invocar desde cualquier situación. Desde la felicidad y desde la adversidad; desde el bienestar y desde el sufrimiento.
El hombre o la mujer que eleva a Dios su petición no cree en un Dios que causa el mal y destruye la vida. No se dirige tampoco a un Dios apático o indiferente al sufrimiento de sus criaturas, sino a un Dios que puede salir de su ocultamiento y manifestar su cercanía a los que le suplican.
Pues de eso se trata. No de utilizar a Dios para conseguir nuestros objetivos egoístas, sino de buscar y pedir la cercanía de Dios en aquella situación. Y la experiencia de la cercanía de Dios no depende exclusivamente, ni siquiera primariamente, de su intervención favorable.
El creyente puede experimentar de muchas maneras la cercanía de Dios independientemente de cómo se resuelva aquel problema. Recordemos la sabia advertencia de San Agustín: «Dios escucha tu llamada si le buscas a El. N o te escucha, si a través de El buscas otra cosa».
No es éste el tiempo del cumplimiento definitivo. El mal no está vencido de manera total. El orante experimenta la contradicción entre la desgracia que padece y la salvación definitiva prometida por Dios.
Por eso, toda súplica y petición concreta a Dios queda siempre envuelta en esa gran súplica que nos enseñó el mismo Jesús: «Venga a nosotros tu Reino», el Reino de la salvación y de la vida definitiva.
Fraternalmente
Pbro Luis Fernando Sotelo Anaya
Párroco