Carta del Párroco
Un proverbio budista dice que «cuando el dedo señala la luna, el estúpido se queda mirando al dedo».
Algo semejante se podría decir quizás de nosotros cuando nos quedamos exclusivamente en el carácter portentoso de los milagros de Jesús, sin llegar hasta el mensaje que encierran.
Porque Jesús no era un milagrero cualquiera realizador de prodigios propagandísticos. Sus milagros son signos que abren brecha en te mundo de pecado y nos apuntan ya hacia la realidad del Reino de Dios que ocupará un día su lugar.
De diversas maneras el relato de la multiplicación de los panes nos invita a descubrir que el proyecto de Jesús es alimentar a los hombres y reunirlos en una fraternidad real en la que sepan compartir su «pan y su pescado» y convivir como hermanos.
La fraternidad no es una exigencia junto a otras. Es la única manera de construir entre los hombres el Reino del Padre. Y por lo tanto, la tarea fundamental del cristianismo.
Pero la fraternidad bien entendida es «algo peligroso». Con demasiada frecuencia la confundimos con «un egoísmo vividor que sabe comportarse muy decentemente» (K. Rahner).
Pensamos amar al prójimo simplemente porque no le hacemos nada especialmente malo, aunque luego vivamos con un horizonte mezquino y estrecho, despreocupados de todos los demás, impulsados únicamente por la solicitud de nuestra propia vida y la de los nuestros.
La Iglesia como «sacramento de fraternidad» está llamada a descubrir incesantemente nuevas exigencias y tareas de amor al prójimo y de creación de una fraternidad más honda y viva entre los hombres.
Los creyentes hemos de aprender a vivir con un estilo más fraternal escuchando las necesidades del hombre de hoy.
La lucha a favor del desarme, la protección del medio ambiente, la solidaridad con los pueblos hambrientos, el compartir con los que no tienen trabajo, las graves consecuencias de la crisis económica, la ayuda a los drogadictos, la preocupación por los ancianos solos y olvidados…. son otras tantas exigencias para quien se siente hermano y quiere «multiplicar» para todos el pan que necesitamos ios hombres para vivir.
Fraternalmente
Pbro. Luis Fernando Sotelo Anaya
Párroco