Carta del Párroco
Así llama el catedrático de psiquiatría E. Rojas a cierto tipo de hombre, fruto típico de la civilización contemporánea.
Todos conocemos esos productos modernos «rebajados» de su verdadero contenido: café descafeinado, leche descremada, tabaco sin nicotina. Alimentos y bebidas en forma «light», ligeros de calorías y atenuados en su fuerza natural.
Pues bien, según prestigiosos sociólogos y psiquiatras, parece crecer entre nosotros un tipo de hombre «rebajado» de su verdadero contenido humano. Un hombre «light».
Se trata de un hombre relativamente bien informado, pero con escasa formación humanística. Muy atento a todo lo pragmático, pero con poca hondura. Interesado por muchas cosas, pero sólo de manera epidérmica.
Un hombre trivial y ligero, cargado de tópicos, incapaz de hacer una síntesis personal de cuanto va llegando hasta él. Un ser con poca consistencia interna, que camina por la vida sin criterios básicos de conducta.
Un hombre que ha escuchado tantas doctrinas y teorías, y ha visto tantos cambios y tan rápidos que ya no sabe a qué atenerse. Su actitud es la del «qué más da», «todo es parecido», «para qué soñar».
Entonces se busca lo más fácil, lo más placentero, lo que se puede conseguir al instante con sólo mostrar la tarjeta de crédito. Como señala el catedrático de sociología Andrés Orizo, «ahora dinero equivale a éxito. Ya no hay otras formas de triunfar socialmente. Vivimos tiempos de hedonismo y consumismo».
No es difícil reconocer el perfil del hombre «light» en algunos rasgos de las personas retratadas por Jesús en su parábola del sembrador. Hombres «sin raíces», en los que el evangelio o no puede penetrar o queda rápidamente ahogado «por los afanes de la vida y la seducción de las riquezas».
Pero este hombre comienza a sentirse víctima de su propio vacío. Es un ser a la deriva, que está perdiendo hasta el gusto mismo de vivir. «El hombre light no tiene referente, ha perdido el punto de mira y está cada vez más perdido ante los grandes interrogantes de la existencia» (E. Rojas).
Este hombre comienza a sentir necesidad de una mayor autenticidad humana. No se resigna a vivir como un autómata en una sociedad estandarizada. Intuye que hay otros caminos para ser libre sin caer en la esclavitud del «becerro de oro». Algo le llama a una vida más saludable y natural.
El evangelio tiene hoy de nuevo su oportunidad. El hombre contemporáneo lo necesita para vivir de manera más intensa y más sana. Sembrado con convicción, puede producir también hoy nuevos frutos.
Fraternalmente
Pbro. Luis Fernando Sotelo Anaya
Párroco