24 mayo, 2026
Comparte en tus redes

Todo parece indicar que estamos perdiendo el sentido de la profundidad y del misterio. Son muchos los que no conocen ya los caminos que conducen a la interioridad. Muchos los que no aciertan a encontrarse con Dios.

Por eso, hay preguntas que fácilmente le brotan a uno en esta fiesta de Pentecostés: ¿Podemos aprender a abrirnos al Espíritu? ¿Podemos recuperar el gusto por la oración? ¿Qué puede hacer hoy un hombre o una mujer que desea encontrar a Dios y no tiene a nadie que le enseñe a orar?

Desde este pequeño rincón quiero ofrecer algunas sugerencias que, tal vez, pueden despertar en alguno la búsqueda de Dios.

Antes que nada, hemos de recordar algo muy importante. Si yo no encuentro a Dios dentro de mí, difícilmente lo encontraré fuera. Si, por el contrario, puedo percibirlo en mi interior, lo podré descubrir en medio de la vida.

Para abrirme a Dios, he de adoptar siempre una actitud de confianza y amistad. Dios me ama, me entiende y me perdona como yo mismo no soy capaz de amarme, entenderme y perdonarme. Puedo sentirme seguro ante su amor insondable.

Ante Dios me presento tal como soy en realidad. Dejando a un lado ese «personaje» que trato de ser ante los demás o que los demás creen que soy. Dios me conoce y me mira con amor. No tiene sentido tratar de defenderme, engañarle o camuflarme.

Ante Dios he de estar yo todo entero, con mi cuerpo relajado, un espíritu atento y una respiración en calma. Yo, con lo que siento y vivo en ese momento. Con mis deseos y necesidades. Con mis miedos, alegrías y sufrimientos.

En la oración casi siempre comenzamos por hablar nosotros a Dios cuando lo más importante y decisivo es escuchar. Escuchar lo que brota dentro de nosotros. Hacer silencio para percibir la presencia amorosa y gozosa de Dios.

Todo lo que es parte de mi vida puede ser ocasión de oración. Una alegría, un dolor, un éxito, un fracaso, un problema, una necesidad, un momento feliz. Así la oración se hace a veces invocación, a veces acción de gracias, otras, alabanza o petición de perdón.

No se necesita hablar mucho ante Dios. Bastan unas pocas palabras, repetidas una y otra vez despacio y con fe: «Dios mío, te necesito». «Tú conoces mi debilidad». «Enséñame a vivir». «Tú sólo eres grandes y bueno». «Ten compasión de mí que no soy capaz de cambiar». «Te doy gracias porque nos amas». «Tu fuerza me sostiene siempre». «Guíame por el camino recto». «Despierta en mí la alegría». «Enséñame a orar».

Fraternalmente

Pbro. Luis Fernando Sotelo Anaya

Párroco