Carta del Párroco
Con una pincelada no exenta de cierto humor, Jesús tuvo la «ocurrencia» de definir a sus seguidores con un rasgo al que los cristianos hemos prestado probablemente poca atención. Jesús ve a sus discípulos como hombres y mujeres que deben ser «sal de la tierra». Gentes que pongan sal en la vida. «Ustedes son la sal de la tierra. Pero, si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?»
Los especialistas han ahondado en los diversos aspectos del simbolismo religioso de la sal, muy extendido en el mundo antiguo. La sal aparece como imagen de lo que purifica, lo que da sabor, lo que conserva y da vida a los alimentos que sostienen al hombre. Probablemente las gentes sencillas que escuchaban a Jesús captaban en toda su frescura el simbolismo encerrado en la sal, y entendían que el Evangelio puede poner en la vida del hombre un sabor y una «gracia» desconocidas.
Harvey Cox ha dicho que el hombre occidental «ha ganado todo el mundo y ha perdido su alma. Ha comprado la prosperidad al precio de un vertiginoso empobrecimiento de sus elementos vitales». El tedio, el aburrimiento, el sinsentido de la vida parecen amenazar a muchos.
Las raíces de este fenómeno son, sin duda, complejas. Parece que la sociedad industrial nos ha hecho más laboriosos, metódicos y organizados, pero también menos festivos, lúdicos e imaginativos. Los análisis de los observadores nos hablan de que el talante festivo, la ternura, la fantasía, la creatividad, el gozo del juego y del compartir «se hallan en estado lamentable».
Y aunque en estos momentos somos testigos de un renacer de estos valores, parece como que los hombres buscamos angustiosa y obsesivamente pasarlo bien, sin que encontremos una verdadera fuente de vida en nosotros mismos. Quizá hemos caído en «una anemia de vida interior», que nos impide experimentar y vivir la vida de cada momento de una manera más intensa, gozosa y fecunda.
¿Dónde está la sal de los creyentes? ¿Dónde hay creyentes capaces de contagiar su entusiasmo a los demás? ¿No se nos ha vuelto sosa la fe? Necesitamos redescubrir que la fe es sal que se puede saborear y nos puede hacer vivir de una manera nueva todo: la convivencia y la soledad, la alegría y la tristeza, el trabajo y la fiesta.
Fraternalmente
Pbro. Luis Fernando Sotelo Anaya
Párroco