Carta del Párroco:
No interesan apenas a nadie. No entran en la lista de reivindicaciones de ningún grupo político o colectivo social importante. Son los últimos de nuestra sociedad, los más rechazados y marginados. Ahí están sufriendo en las cárceles y centros penitenciarios. Pero nosotros preferimos ignorarlos.
Muchos de ellos arrastran tras de sí una historia desgarrada. No han conocido el calor de un hogar ni la seguridad de un trabajo. Sumergidos muy pronto en el mundo de la droga o la delincuencia, hoy se encuentran atrapados en un proceso de autodestrucción que no parece tener salida.
Es difícil olvidar sus rostros deteriorados por la enfermedad y el aislamiento. En torno al 70% son toxicómanos. Un 40% están afectados por el SIDA. En bastantes casos, nadie los espera a la salida. No pocos viven acompañados por un sentimiento de culpabilidad y automenosprecio.
El desarraigo de sus familias, el temor a quedarse sin el afecto de nadie, la privación de libertad, la dureza de las relaciones humanas dentro de la cárcel y la falta de futuro van minando poco a poco incluso a los más fuertes, hundiendo a bastantes en la depresión y la desesperanza.
Pero, ¿por qué tiene que ser así? ¿Es esto lo único que una «sociedad progresista» sabe ofrecer a estos hombres y mujeres que no han tenido, muchos de ellos, ni capacidad ni oportunidades para abrirse paso a un vida normal en una sociedad competitiva y exigente?
La Ley General Penitenciaria establece que el objetivo de las prisiones es «la reeducación y la reinserción social de los sentenciados», pero todo el mundo sabe que la cárcel actual, excepto raras excepciones, lejos de rehabilitar a los delincuentes, los deteriora todavía más y hasta los hunde para siempre en el mundo del delito.
Y si esto es así desde hace muchos siglos, ¿por qué no se abre en la sociedad un debate de fondo sobre la función de la cárcel? ¿Por qué la clase política no urge una reforma penitenciaria que humanice la vida de los presos y desarrolle nuevos caminos de carácter más terapéutico y rehabilitador? ¿Por qué no se protesta ante la escasez de recursos que, año tras año, se asignan en los presupuestos generales para la mejora de las cárceles?
No nos preocupa en absoluto el sufrimiento y la destrucción de estos hombres y mujeres. Más aún, podemos caer en la fácil tentación de pensar que son «los malos», los malogrados, los que ponen en peligro la sociedad, en contraposición a «los buenos», los ciudadanos ejemplares que somos nosotros.
El rasgo inhumano del rico descrito por Jesús en una parábola inolvidable es su absoluta indiferencia ante el sufrimiento del miserable Lázaro. ¿No retrata esta parábola la poca humanidad de esta sociedad nuestra que pretende progresar y alcanzar mayor bienestar olvidando el sufrimiento de los más débiles y desafortunados?
Fraternalmente
Pbro. Luis Fernando Sotelo Anaya
Párroco