3 agosto, 2025
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Los grandes almacenes y supermercados que han ido surgiendo entre nosotros son, sin duda, uno de los símbolos más esclarecedores de la vida contemporánea.

Pocos lugares más apropiados para observar al hombre de hoy sumergiéndose en ese universo de objetos, tratando de encontrar en las cosas la identidad que no es capaz de descubrir en sí mismo.

Se diría que las palabras del rico de la parábola se han convertido en consigna general: “Hombre, tienes bienes acumulados para muchos años; túmbate, come, bebe y date buena vida”.

Y eso es todo: adquirir el último modelo, beber el mejor vino, poseer el aparato más sofisticado, pasar las vacaciones en la playa de moda.

Siempre ha sido tentador para los hombres dejarse llevar por el disfrute, incontrolado de las cosas. Lo que resulta sorprendente en esta sociedad es ver a tantas personas que creen encontrar en ese estilo de vida su auténtica personalidad.

Hombres y mujeres que, tal vez, quedarían desconcertados si conocieran aquella observación del famoso economista Galbraith: «Para estudiar en profundidad toda la gama de la angustia, lo mejor que podría hacer el psiquiatra es irse a observar a un supermercado».

Gentes que no aceptarían la crítica radical de E. Fromm al consumidor de la sociedad occidental “eterno niño de pecho que llora reclamando su biberón”.

Personas que no se avergüenzan de ese “consumo ostentoso” estudiado hace muchos años por Veblen, y encaminado únicamente a impresionar a los demás. Hombres y mujeres que se atreven a exhibirse con una aureola especial sólo porque poseen el último modelo o el más sofisticado o el más costoso, sin darse cuenta de que esos “objetos’ no son sino “prótesis” ridículas donde pretenden apoyar una personalidad mutilada.

Jesús lo volvería a repetir. “NECIOS”. Necios todos nosotros si no sabemos encontrar metas más humanas a nuestra vida. Necios si no sabemos descubrir cuáles son nuestras verdaderas necesidades.

Necios y “criminales”, pues todo esto sucede mientras en el mundo cien mil personas mueren diariamente de hambre, según cifras facilitadas por la UNESCO.

Ciertamente, cada uno podemos muy poco ante el hambre que asola a tantos países del Tercer Mundo. Pero son dos hombres muy diferentes, el que vive creando necesidades cada vez más artificiales en su entorno, y el que vive preguntándose cómo colaborar en cualquier acción o campaña encaminada a promover una mayor solidaridad entre los hombres y entre los pueblos.

Fraternalmente

Pbro. Luis Fernando Sotelo Anaya

Párroco