9 junio, 2024

Carta del Párroco:

Nunca ha estado la vida tan amenazada por el desequilibrio ecológico, la contaminación, el estrés o la depresión. Por otra parte, venimos fomentando un estilo de vida donde la falta de sentido, la carencia de valores, un cierto tipo de consumismo, la trivialización del sexo, la incomunicación y tantas otras frustraciones impiden a las personas crecer de manera sana.

Ya S. Freud en su obra El Malestar en la cultura, consideró la posibilidad de que una sociedad esté enferma en su conjunto y pueda padecer neurosis colectivas de las que, tal vez, pocos individuos son conscientes. Puede incluso suceder que, dentro de una sociedad enferma, se considere precisamente enfermos a aquellos que están más sanos.

Algo de esto sucede con Jesús de quien sus familiares piensan que «no está en sus cabales», mientras los letrados y las clases intelectuales de Jerusalén consideran que «tiene dentro a Belzebú».

En cualquier caso, hemos de afirmar que una sociedad es sana en la medida en que favorece el desarrollo sano de la persona. Cuando, por el contrario, las conduce a su vaciamiento interior, la fragmentación, la cosificación o disolución como seres humanos, hemos de decir que esa sociedad es, al menos en parte, patógena.

Por eso, hemos de ser lo suficientemente lúcidos como para preguntamos si no estamos cayendo en neurosis colectivas y conductas poco sanas, sin apenas ser conscientes de ello.

¿Qué es más sano, dejarse arrastrar por una vida de confort, comodidad y exceso, que aletarga el espíritu y disminuye la creatividad de la persona, o vivir de modo sobrio y moderado, sin caer en «la patología de la abundancia»?

¿Qué es más sano, seguir funcionando como «objetos» que giran por la vida sin sentido, reduciéndola a un «sistema de deseos y satisfacciones», o construir la existencia día a día dándole un sentido último desde la fe? No olvidemos que Carl. G. Jung se atrevió a considerar la neurosis como «el sufrimiento del alma que no ha encontrado su sentido».

¿Qué es más sano, llenar la vida de cosas, productos de moda, vestidos, bebidas, revistas y televisión, o cuidar las necesidades más hondas y entrañables del ser humano en la relación de la pareja, en el hogar y en la convivencia social?

¿Qué es más sano, reprimir la dimensión religiosa vaciando de trascendencia nuestra vida, o vivir desde una actitud de confianza en ese Dios «amigo de la vida», que sólo quiere y busca la plenitud del ser humano?

Fraternalmente

Pbro. Luis Fernando Sotelo Anaya

Párroco