Carta del Párroco
¿Es necesario creer en la Trinidad?, ¿se puede?, ¿sirve para algo?, ¿no es una construcción intelectual innecesaria?, ¿cambia en algo nuestra fe en Dios y nuestra vida cristiana si no creemos en el Dios trinitario? Hace dos siglos Kant escribía estas palabras: «Desde el punto de vista práctico, la doctrina de la Trinidad es perfectamente inútil.»
Nada más lejos de la realidad. La fe en la Trinidad cambia no sólo nuestra visión de Dios, sino también nuestra manera de entender la vida. Confesar la Trinidad de Dios es creer que Dios es un misterio de comunión y de amor. Dios no es una Sustancia suprema compacta y fría, un Ser cerrado e impenetrable, inmóvil e indiferente. Dios es un foco de amor insondable, su intimidad misteriosa es sólo amor y comunicación. Consecuencia: en el fondo último de la realidad, dando sentido y existencia a todo no hay sino Amor. Todo lo existente viene del Amor.
El Padre es Amor originario, la fuente de todo amor. Él empieza el amor. «Sólo El empieza a amar sin motivos; es más, es Él quien desde siempre ha empezado a amar» (E. Jüngel). El Padre ama desde siempre y para siempre sin ser obligado ni motivado desde fuera. Es el «eterno Amante». Ama y seguirá amando siempre. Nunca retirará su amor y fidelidad. De El sólo brota amor. Consecuencia: creados a su imagen, estamos hechos para amar. Sólo amando acertamos en la existencia.
El ser del Hijo consiste en recibir el amor del Padre. Él es el «Amado eternamente» antes de la creación del mundo. El Hijo es el Amor que acoge, la respuesta eterna al amor del Padre. El misterio de Dios consiste, pues, en dar y en recibir amor. En Dios, dejarse amar no es menos que amar. ¡Recibir amor es también divino! Consecuencia: creados a imagen de ese Dios, estamos hechos no sólo para amar, sino para ser amados.
El Espíritu Santo es la comunión del Padre y del Hijo. Él es el Amor eterno entre el Padre amante y el Hijo amado, el que revela que el amor divino no es cerrazón o posesión celosa del Padre ni acaparamiento egoísta del Hijo. El amor verdadero es siempre apertura, don, comunicación desbordante. Por eso, el Amor de Dios no se queda en sí mismo, sino que se comunica y extiende hasta sus criaturas. «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5, 5). Consecuencia: creados a imagen de ese Dios, estamos hechos para amarnos sin acaparar y sin encerrarnos en amores ficticios y egoístas.
Fraternalmente
Pbro. Luis Fernando Sotelo Anaya
Párroco