Carta del Párroco
Una de nuestras equivocaciones más graves es imaginar a Dios como un ser absolutamente distante, que dirige nuestra vida desde una lejanía infinita y no acertar a percibir nunca su presencia cercana y amistosa en el interior mismo de nuestra vida cotidiana.
Por otra parte, vivimos de manera tan apresurada y “ocupados» por tantas cosas que apenas nos queda tiempo ni espacio para detenernos a escuchar nuestro propio corazón.
La vida que llevamos no nos permite ser nosotros mismos. Volcados hacia ei exterior y consumidos por el trajín de cada día, se va atrofiando poco a poco nuestra “capacidad de Dios».
Y sin embargo, Dios está ahí, en el centro mismo de nuestras experiencias más íntimas. Cercano a cada persona de una manera única y singular que sólo se da así para esa persona concreta.
Para percibir su presencia, no hemos de pensar solamente en esos instantes en que Dios se nos manifiesta de manera penetrante, con certeza gozosa y sin claroscuros, llenando de vida nuestro ser entero.
Dios nos acompaña, nos llama y nos cerca de mil maneras, incluso cuando nuestros ojos, como los de los discípulos de Emaús, no son capaces de reconocerlo.
Cuando experimentamos la pequeñez de nuestro corazón y nos avergonzamos de nuestra mediocridad, nuestra falta de amor y nuestra incapacidad para vivir intensamente cada momento, Dios está ahí recordándonos que estamos llamados a una vida más grande y más plena.
Cuando experimentamos en nosotros esa tristeza que penetra en nuestra vida sin causa razonable, el aburrimiento y la monotonía de cada día, el descontento de nosotros mismos, en esa insatisfacción interior está Dios como anhelo de una felicidad y vida infinitas.
El está en nuestras desilusiones y deseos abortados, en nuestras limitaciones y nuestro cansancio, en las amarguras y los roces de la vida ordinaria. Si sabemos ahondar en cada una de estas experiencias y escuchar con sinceridad el fondo de nuestro corazón, Dios nos saldrá al encuentro.
Y no puede ser de otra manera pues él nos acompaña siempre. Por eso, también el hombre poco religioso y frío puede encontrar el camino de vuelta hacia Dios si sabe ahondar en sus experiencias de insatisfacción, desorientación y cansancio.
Lo más importante es seguir preguntando por él. Buscar su rostro y su verdad. Buscar a Dios tal vez con el último resto de nuestras fuerzas, tal vez en medio de la desesperación y el miedo, a veces en la angustia y el desaliento. Descubriremos como los de Emaús que alguien camina junto a nosotros.
Fraternalmente
Pbro. Luis Fernando Sotelo Anaya
Párroco