7 mayo, 2023

Entre nosotros se habla mucho de violencia, pero no siempre se ahonda en las raíces de donde brotan ciertas formas de violencia y destructividad propias de la sociedad actual.

Hay un tipo de violencia cuya principal raíz es la frustración. Cuando una persona se siente frustrada en sus aspiraciones más hondas hasta el punto de no poder ya creer en el amor, la amistad o la justicia, es fácil que en su corazón crezca la hostilidad y el rechazo.

El desengaño puede conducir al odio a la vida. Esa persona necesita demostrar que la sociedad es despreciable, que todo está mal, los hombres son malos, uno mismo es malo.

Entonces repudia las ideas y los valores, maltrata a las personas, destroza las cosas, se destruye a sí mismo. Por este camino se puede llegar al suicidio síquico y hasta físico.

Hay otra violencia que es resultado de una vida vacía, mutilada, no vivida. El ser humano no tolera la vaciedad. Necesita dar sentido a su vida, dejar huella en el mundo, hacerse sentir. Y si no puede crear vida, la destruye.

Para crear vida, se necesita ilusión, estímulo, trabajo, dedicación. Para destruirla, basta sólo una cosa, usar la fuerza. Entonces la persona se afirma a sí misma y se siente alguien destruyendo, maltratando, haciendo daño.

Reconocidos sicólogos nos advierten también de una tendencia patológica que parece extenderse hoy en algunos sectores de la sociedad, y es el amor a lo muerto, la «necrofilia». E. Fromm no duda en considerarla un grave «síndrome de decadencia».

Cuando no se encuentra un sentido hondo a la vida, puede crecer en la persona la atracción por lo muerto, lo inanimado. Fascinan más las máquinas o los coches que las mismas personas. Lo mecánico atrae más que los seres vivos. Se ama la noche más que la luz del día.

Se busca el ruido y la agitación, y no tanto la creatividad y el crecimiento interior. Poco a poco la vida «se exterioriza». La alegría de vivir es sustituida por la frialdad del funcionamiento. Las preguntas clave son éstas: ¿ya funcionas? ¿cómo va tu cuerpo? ¿funciona vuestro matrimonio?

Pero el hombre no es una máquina. Lo sepa o no, el ser humano necesita vivirse a sí mismo y vivir la vida entera hasta su última hondura y verdad.

Para no verse perdido y desorientado, necesita conocer el camino. Saber hacia dónde ha de orientar sus energías, su vitalidad, su capacidad creadora.

Para amar la vida, para construirla día a día, la persona necesita un horizonte, una esperanza final.

Esto es precisamente lo que el cristiano va descubriendo en Aquel cuyas palabras recordamos todavía hoy: « Yo soy el camino, la verdad y la vida».

Fraternalmente

Pbro. Luis Fernando Sotelo Anaya

Párroco.


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